Morirse. Hay otros mundos, pero están acá. Colectivo Fantasma. Colectivo artístico multidisciplinar interesados en esto y aquello. Kowalski-Luján

Cuando murió su prima, la de Mendoza, se dio cuenta de que, antes o después, le tocaría a ella. Aquello le golpeó en la cabeza con la fuerza de una pedrada. Anduvo a las trancas varias semanas y lo único que se le ocurrió fue comprar unos boletos para el parque temático que quedaba en Buenos Aires.

Nos vamos mañana, le espetó a su marido agitándolos ante sus ojos.

¿Estás loca? ¿Y el laburo?

Llamás, decís que estás enfermo y listo.

Él calló y se terminó de un bocado el alfajor que se estaba comiendo.

Dale, pero prometeme que si voy con vos, te dejás de todas las pavadas de las últimas semanas.

Ella asintió. Te lo prometo, dijo poniendo la mano derecha sobre el corazón y pensando, ¡Qué boludo que sos! Después de veinte años parecé que no me conocés…

Al día siguiente el marido llamó al laburo y después partieron en el auto hacia el parque. Dos horas de viaje. Allá montaron en todas las atracciones, comieron un par de milanesas y tomaron de más. Cuando iban a salir ella se fijó en un cartelito: “Danzas de la Polinesia en vivo”.

Vamos, dijo resuelta.

 ¡Dale, Fernanda! Estoy cansado…

¡Qué re viejo que sos!  ¡¡La Polinesia!!

Entraron por una puertita y se encontraron un escenario con un decorado que simulaba una playa con sus palmeras, su arena blanca y un mar turquesa resplandeciente. Una mina de ojos rasgados infinitos les colgó al cuello un collar de flores artificiales. Se sentaron en primera fila. Había unas veinte personas en total. Parejas, dos o tres viejos y algunas familias. Un niño berreaba algo más atrás.

De pronto, resonaron unos tambores y todos dieron un respingo.

La concha de su madre, dijo uno de los viejos en voz alta, casi me da un infarto.

Salieron varias mujeres meneando las caderas, con faldas de paja y flores en el pelo.

Mirá, señaló ella, esa es la que nos puso los collares.

Se movían con gracia. Tenían el cabello largo, oscuro y espeso y la piel aceitunada y perfecta. Al poco salieron algunos hombres, luego, otro más alto que los demás y entonces, entonces a Fernanda se le acabó el mundo, el universo se contrajo y desapareció.  Quedaron solo ella y aquel hombre.

En el escenario se inició una danza guerrera, las mujeres se apartaron simulando estar asustadas mientras los hombres se golpeaban el pecho y saltaban de un lado a otro gritando en una lengua indescifrable. El show continuaba, más gritos, más brincos y de repente, el hombre se plantó delante de ella, la miró y la levantó en volandas como si estuviese hecha de aire. Ella se aferró a su cuello y aspiró el olor de su sudor.

Ahora sí, pensó, me muero.

Tras simular el rapto de la mujer blanca, el guerrero dejó a Fernanda en su sitio con una sonrisa. Ella se quedó quieta, medio mareada.

Tenés mala cara, Fer. ¿Querés agua?

Quiero morirme, respondió, pero ya.

Share.