Hay otros mundo pero están acá: Lluvia

Salieron despacio del portal. Arreciaban el viento y la lluvia. La mujer con una campera, el hombre con gorro y un tapado impermeable y la perra con el trajecito de lana a rayas de colores.
¿Vamos? dijo ella.
Vamos, respondió el hombre, pero apurate.
Caminando deprisa llegaron a la entrada cubierta del patio y después, como en una carrera por etapas, al resguardo del alero del edificio de enfrente. Ahí ya se hizo su paso más lento. Bajo la cornisa, rodearon la manzana hasta quedar justo frente a la cafetería. Las rayas blancas de la senda peatonal brillaban de tan limpias.
A la de tres, dijo ella. Una, dos y… ¡tres!
El hombre agarró a la perra bajo el brazo y cruzaron corriendo.
Entraron en el local, casi vacío, y saludaron.
¿Cómo va Romina?
¿Cómo va a ir? Va mal, como siempre.
La mujer limpiaba con un paño medio limpio algunas copas.
Se sentaron en la mesa más cercana a la ventana. Llovía y llovía.
Puede que no pare nunca, murmuró él.
Llegó Romina con dos manchados, se fue y regresó con unos alfajores pequeños y un bol chiquito de agua para la perra.
Puede que no pare nunca, dijo. Ellos la miraron fijo.
Llovía y llovía. Las tazas humeaban sobre la mesa. La perra ignoró el bol, se tumbó en el suelo y cerró los ojos pensando a su manera,
Puede que no pare nunca.

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